La Historia lo absolvió

“Termino mi defensa, pero no lo haré como siempre hacen todos los letrados, pidiendo la libertad del defendido…Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.

Así terminaba Fidel Castro Ruz su alegato de defensa que después se publicó precisamente con el título: “La historia me absolverá”, al representarse a sí mismo en el juicio que se le armó por haber encabezado el fallido ataque al Cuartel Moncada, inicio de la revolución cubana, que habría de culminar exitosamente en 1959.

Se trata de un texto breve, pero muy bien logrado, donde el máximo jefe militar de la revolución –abogado de profesión, educado por jesuitas– no sólo explica la ruinosa situación de Cuba en la primera mitad del siglo XX, brutalmente aplastada por Estados Unidos, sino además despliega toda una teoría del socialismo aplicada a la isla y presenta el programa de trabajo que habría de seguir una vez que hubiera triunfado la revolución, hecho que jamás puso en duda, ni cuando estaba recluido en prisión, ni  cuando animaba a sus tropas al grito de: “¡Patria o Muerte!”

En él analiza los pormenores de la política, la concentración de la riqueza, las estructuras económicas y sociales de entonces; aborda la Historia Universal y se refiere a la Edad Media europea, al proceso de colonización del Caribe y de la América Latina en su conjunto; explica cómo los grandes capitales extranjeros, avalados por los grupúsculos en el poder cubano, se apropiaron en algunos casos de franjas completas de la isla, que por entonces eran propiedad privada y por donde no podían transitar los cubanos de oriente a poniente de su propio país, porque se les impedía atravesar los terrenos de la American Fruit Company.

Ahí establece Castro cómo veía a su patria en un futuro y afirmaba que la única posible era la vía armada, en aras de cuya efectividad quemó todas sus naves sin dudarlo…y ya vimos que tenía razón.

Este abogado que habría de convertirse en guerrillero a fuerza de las circunstancias y que no dudó en tomar las armas, lo mismo que la pluma para convencer a su pueblo de seguirlo en tan arriesgada empresa, muestra en “La historia me absolverá”, cómo se puede plantear un cambio de fondo y enfrentar, a fuerza de orgullo, coraje, valentía y valor civil, a un monstruo brutal como Estados Unidos, sin importar que uno sea una pequeña isla poco poblada y menos educada en el Caribe.

Fidel Castro Ruz, ha muerto.

Pero su figura es sin duda ya una leyenda. Ya lo era estando vivo. Hoy lo es más, por el halo místico que da la muerte y que a él sólo le acrecentó la enorme estatura que él mismo supo forjarse, como un líder de una fuerza vital descomunal, de una fe como no hay dos.

Desde hace varias décadas había conseguido el lugar especial que la Historia le tenía reservado, precisamente porque se había opuesto a la superpotencia, y había ganado. El reinicio de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos lo demuestra.Todos sabían desde hace mucho, que Fidel era un hombre excepcional, destinado a ocupar páginas importantes entre los grandes de la historia de la humanidad.

De esos hombres que la historia recuerda y a los que guarda lugares especiales por la dimensión de sus logros, por el tamaño de su figura frente a los hechos, por la profundidad del calado que consiguen con su obra en la mar de los hechos de todos los días.

Cuesta mucho hablar con justicia de un hombre a quien muchos en su tierra consideraron un semidios. Hay quienes dicen que fue un tirano, pero muchos vimos cómo consiguió que su pueblo se uniera para enfrentar con las armas a un poder inmenso. Y vimos cómo llevó a su nación a encarar con dignidad a un gigante imperialista y brutal, que históricamente no ha dejado a nadie siquiera tomas sus propias decisiones.

Ése es, sin duda, el motivo por el que hoy debemos estar reflexivos, pues ha muerto un hombre que supo ser gigante, a pesar de venir de un país pequeño, sometido y depauperado, al que convirtió en una nación respetable y conocida en todo el mundo, a pesar de ser una isla en una zona del mundo con graves problemas de pobreza.

Por eso, no trato de hacer más. Por el contrario, dejo la palabra al compañero Fidel, defendiéndose a sí mismo:

“A los señores magistrados mi gratitud por haberme permitido expresarme libremente, sin mezquinas coacciones; no os guardo rencor, reconozco que en ciertos aspectos habéis sido humanos y sé que el presidente de este tribunal, hombre de limpia vida, no puede disimular su repugnancia por el estado de cosas reinantes que lo obliga a dictar un fallo injusto”.

Tenemos hoy un gran vacío que nadie podrá llenar. Porque el lugar de los Titanes de la Historia, es muy grande para los hombres.

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