Con enfoque invertido

No hace falta ser especialista para saber que la economía funciona a partir de la oferta y la demanda. Ambas son interdependientes, pues la una no puede existir sin la otra.

Así pues, cuando un país tiene un esquema de libre mercado, éste sólo puede funcionar si las personas cuentan con capacidad adquisitiva para comprar los bienes y servicios que los fabricantes o prestadores de servicios ofrecen. De lo contrario, el círculo no se cierra y el esquema no funciona; hay que utilizar otro método.

Claro que de la teoría a los hechos hay una distancia. Los esquemas económicos no son de blanco y negro; es decir, una economía de mercado puede funcionar medianamente, aunque los consumidores no tengan gran capacidad económica y además, los instrumentos crediticios pueden servir para que la gente adquiera bienes y servicios, aunque después pase meses o incluso años tronándose los dedos para pagarlos.

Un elemento adicional es el ahorro: si las personas de carne y hueso cuentan con cierto nivel de ahorro de sus percepciones, es más fácil que tengan confianza en comprar, sobre todo bienes o servicios más caros que se puedan pagar a plazos más largos, por ejemplo una vivienda, un seguro de vida o un automóvil, por citar algunos.

Por eso parece que el enfoque que se ha dado al llamado “Buen fin” en México, es el opuesto al que debería.

Si algo caracteriza a México es que el nivel de ahorro es muy bajo. Se ve en todo el esquema económico, desde las personas con menores ingresos (descartando, desde luego, a más de 50 millones personas que lamentablemente viven por abajo del nivel de pobreza), hasta los más encumbrados dueños del gran capital.

En términos generales, se trata de una de las grandes debilidades de la economía. No sólo  los salarios son muy bajos en comparación con el nivel de los precios en general; también se trata de un problema de hábitos o tal vez debiera decirse, de cultura de la población, El caso es que muy pocas personas encuentran la manera de ahorrar y, por supuesto, eso vuelve muy vulnerable casi a cualquiera frente a los vaivenes de la economía y de su situación personal, aunado al hecho de que el empleo formal, en general, acusa fragilidad.

El llamado “Buen fin”, es un mecanismo mediante el cual las empresas privadas en general (léase de bienes y servicios) establecen un fin de semana determinado en el año, generalmente a mediados de noviembre, para presentar grandes ofertas, como incentivo para fortalecer el mercado interno y cortar un poco la estacionalidad que significa diciembre.

Para ello las propias empresas adelantan a sus empleados la mitad del aguinaldo, con el fin de que la gente tenga dinero y pueda comprar las supuestas ofertas.

El problema es que las dichosas “ofertas”, en principio, no son del todo honestas. Abundan las historias de quienes han estado pensando en hacer alguna compra a lo largo de los meses anteriores al “Buen fin” –por ejemplo un televisor– y deciden esperar a que éste baje de precio en ese fin de semana para ahorrar algo de dinero en la compra.

La realidad,  en cambio, demuestra que la “oferta” es fraudulenta. Por ejemplo, si la persona ha visto un televisor en un precio durante los meses de septiembre y octubre, de pronto la tienda le eleva el precio en 40 por ciento a principios de noviembre y luego, para el “Buen fin”, coloca la “oferta” del mismo televisor, con un “descuento” del 40 por ciento, es decir, idéntico al precio original que tenía hace dos meses.

Otra práctica consiste en que un objeto determinado, digamos en una tienda departamental, normalmente se ubique en alguno de los departamentos interiores, al fondo del establecimiento, con un precio determinado. Para el “Buen fin”, el mismo objeto es colocado en la entrada con grandes y atractivos carteles, invitando al público a aprovechar la “gran oferta”, que consiste en el mismo precio que tenía cuando estaba fuera de la vista del grueso del público.

También se ofrecen infinidad de bienes y servicios que, si se compran con tarjeta de crédito, entran en esquemas de pago a “meses sin intereses”. Normalmente, estos esquemas son superiores a 12 meses. Es decir, que si una persona cae en ese garlito, seguirá pagando el mismo bien o servicio comprados el año anterior, cuando llegue el nuevo “Buen fin”, sin olvidar que eso significa una reducción real de su capacidad adquisitiva, equivalente al monto que destine al pago mensual. O sea, esa persona será menos capaz de alimentar al mercado interno durante más de un año, por aprovechar una “oferta”.

Y es que esa estrategia comercial –avalada por las autoridades– está diseñada para generar gasto, no para generar ahorro. Y el ahorro es el que le da capacidad a las personas para hacer compras mayores y por lo tanto fortalecer la economía de mercado en una forma sana. De ahí que el enfoque sea el equivocado: no hay que convocar a gastarse el dinero a toda prisa y a como dé lugar, sino que se debe fomentar la capacidad de ahorro de las personas, cuya consecuencia lógica y natural, es la posibilidad de un gasto más alto y de mayor alcance.

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