Mientras tanto, en la encuestadora…

Descompuestos, con el nudo de la corbata corrido, la camisa desabrochada y arremangada, los ejecutivos intercambiaban frases agrias, culpándose unos a otros de sus errores.

Los cabellos que por la mañana lucían impecablemente sometidos por un fino gel, a esas horas ya estaban revueltos y crispados; el aroma de lociones caras que los precedía por la mañana, había desaparecido para dar paso al ácido olor sudor, cuya presencia se acusaba en grandes ruedas en torno a las axilas de las camisas elegantes, hechas a medida y con sus iniciales bordadas en el bolsillo.

Más que Sala de Juntas (como elegantemente advierte un anuncio en elegantes letras doradas sobre la puerta), aquello parece el caldero de una cena de negros.
Éste culpa al otro del fracaso; el de más allá se defiende y advierte que no debieron liberar los resultados tan pronto; el otro fustiga el clásico “¡se los dije!”…según él, había advertido los riesgos a tiempo pero no lo escucharon…”como de costumbre”, agrega con amargura.

El dueño se harta y azota la mano muy abierta contra la mesa frente a la cual se encuentra de pie (las sillas han sido echadas hacia atrás por todos al calor de la discusión).

–¡Basta! –ruge después del tremendo manazo que le deja la palma roja y la mano hinchada.

Todos lo miran con una mezcla de rabia, estupor y fiereza. Se diría que esos ojos tienen un brillo animal.

Aquel ejecutivo elegante, de unos 60 años, siempre con el escaso cabello bien peinado hacia atrás y de invariable traje de tres piezas de seda, hoy se ha quitado ya la corbata, el chaleco abierto deja ver su abultado abdomen bajo la camisa que se pega a la piel por el sudor que escurre copiosamente por su cuello enrojecido.

La mirada de sus ojillos azules, normalmente perspicaz y socarrona, hoy es puro fuego. Quiere encontrar al culpable, porque “le va a arrancar las cabeza con las manos”, como suele decir en broma cuando “amenaza” a sus ejecutivos si las cosas no salen según sus planes.

–¡Hoy perdimos 768 millones de dólares! –exclama con una voz profunda, privada de ira y el rostro blanco, la mandíbula temblando y las manos crispadas– ¿a quién le tengo que arrancar la cabeza con las manos?

Los seis ejecutivos se miran entre sí, con una mezcla de miedo y odio y con un sentido de supervivencia que supera lo humano, para hundirse en el instinto animal.

Después de un silencio que, objetivamente, dura cuatro segundos, pero que cada uno siente de horas, el dueño vuelve a tronar:

–¡Contesten! ¿A quién le voy a arrancar la cabeza con las manos?

Comienza un murmullo temeroso; el de aquí quiere decir algo, pero de su boca sale un balbuceo bajo e incomprensible; el otro trata, en su voluntad, de levantar la mano para culparse, tratando con ello de salvarse vía la honestidad, pero su cuerpo no le responde; otros dos se miran estupefactos, tratando de señalarse entre sí, sin éxito.

En medio de confusión, el más joven de los ejecutivos, rubio y arrogante, se levanta y, con bastante aplomo, intenta una explicación:

–Nuestra muestra no fue lo bastante representativa. Nos faltó gente; debimos preguntarle a más personas.

Otro interviene:

–La muestra estuvo bien calculada, conforme a las fórmulas aceptadas: hicimos 2 millones de entrevistas en todo el país, en todos los sectores, en todos los deciles y en todas las ocupaciones. Incluimos blancos, migrantes, negros, musulmanes, católicos, protestantes…

–Y aun así, fallamos, interviene otra vez el dueño.

El mismo muchacho rubio, retoma la palabra e insiste.

–No nos importan las demás encuestadoras, pero también ellos fallaron. Le dieron el triunfo a Hillary y ganó Trump. Sólo lo digo porque no fuimos los únicos, pero nosotros tenemos que ver qué nos falló.

En medio de esta caótica discusión, un hombre joven había permanecido callado. De pronto comenzó a caminar hacia la puerta de la sala y, ya en bajo el marco, les dijo a los demás:

–Ya las encuestas no sirven para nada; llegó la hora de cambiar de giro.

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Archivado bajo Economía, Periodismo, Política, Sociedad

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