Prueba de fuego

Parece que estamos a punto de ver, ahora sí, de qué está hecho exactamente el sistema electoral de Estados Unidos.

A unas horas de las elecciones más reñidas de los últimos años, desde el extranjero (particularmente México) vemos con temor lo que pueda pasar mañana, una vez que los ciudadanos de Estados Unidos salgan a votar por su próximo presidente.

Y es que ahora, como nunca, el juego electoral tiene un componente explosivo e inestable: un loco que no está dispuesto a perder, aunque pierda y que cree que puede imponer su voluntad por encima de cualquier cosa, tapando los inconvenientes con carretadas de dinero mal habido o, por lo menos, habido sin la menor ética.

La tradicional tranquilidad en el sistema electoral de Estados Unidos, ahora no da certeza, ante la presencia de un deschavetado que puede poner al mundo de cabeza, aunque pierda en las urnas.

Peor aún, el sistema mixto de votación en aquel país, que por un lado lleva los votos de los ciudadanos y por otro el “voto electoral” (de un grupito de 538 notables), hace que las cosas se puedan poner realmente complicadas.

Resulta que si bien el voto de los ciudadanos cuenta y se toma en consideración, el que verdaderamente define quién gana la contienda es el voto electoral, el cual no es sancionado el martes de las elecciones, como lo es el voto popular, sino hasta diciembre, en las cámaras del Congreso de la Unión.

He aquí que, tal como fue diseñado desde finales del siglo XVIII, el voto electoral se recoge en los congresos de los Estados y es enviado hasta diciembre al Congreso federal en Washington que, erigido en Colegio Electoral, cuenta estos votos y, con base en ellos, decide quién ganó, con independencia de la votación popular.

Para evitarse complicaciones, los votos electorales por lo general coinciden con la votación popular y por lo general, el número de votos electorales de un estado se cuenta en bloque, a favor de quien haya ganado la mayoría del voto popular en la entidad.

Así, por ejemplo, si un candidato ganó la mayoría del voto popular en Florida, los 29 votos electorales del estado (correspondientes a igual número de legisladores federales), se anotan para ese candidato y santo remedio.

Pero eso es más una tradición que una obligación jurídica. De manera que si la población de Florida vota por un candidato, el voto electoral puede favorecer al otro y este último llevará la delantera, a pesar de lo que hayan manifestado los vecinos en la casilla de su esquina.

Todo indica que este escenario se pueda presentar mañana entre Donald Trump y Hillary Clinton, porque muchos políticos (quienes tendrán la posibilidad de ejercer el voto electoral), encuentran mucho más razonable y políticamente correcta a la Clinton que al supuesto magnate de Nueva York…incluso los republicanos.

En ese sentido, si llega a suceder que el voto popular no coincide con el electoral, habrá un caos, porque del primero nos enteraremos mañana mismo por la noche y del segundo hasta la segunda quincena de diciembre, lo que sin duda generará suspicacia y dará pie al loco este a presentarse como víctima de un fraude que, en realidad, no existe, sino que forma parte del vicio de origen del sistema electoral estadounidense, que muchos ciudadanos de ese país en realidad desconocen, aunque esté vigente desde hace más de 200 años.

Técnicamente, los votos que cuentan son los votos electorales. El candidato que alcance 270 votos electorales de los 538, tiene amarrada la presidencia, independientemente de que el gran público pudiera votar en otro sentido.

Por eso, las elecciones de mañana son cruciales no sólo para los migrantes en Estados Unidos (en particular los mexicanos sin documentos); para la economía del mundo; para la estabilidad política e incluso para la seguridad nuclear en el planeta; también lo será para su sistema electoral, que a como se ven las cosas, será la primera vez en la historia que deberá enfrentar auténticos conflictos.

Ya ocurrió en la elección competida entre George W. Bush y Al Gore, que se presentó discrepancia entre el voto popular y el electoral en Florida, que a la sazón era gobernado por Jeb Bush, hermano de uno de los contendientes. Pero al final, el asunto se sanjó sin problemas y el demócrata terminó por aceptar la derrota, porque es un hombre civilizado.

El problema es que Trump es un salvaje, que supo encontrar a los muchos salvajes estadounidenses iguales a él. Ahí reside su peligrosidad.

Veremos qué ocurre mañana.

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Archivado bajo Migración, Política

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