Seis años tarde

El más reciente deporte en la política mexicana parece llamarse “¡Pégale a Duarte!”

En efecto, cual diablo de pastorela o  “Judas” de Semana Santa, hoy por hoy, parece ser el depostario en monopolio del rencor popular, por la grotesca corrupción que se ha venido destapando en los estertores de su gobierno.

Desde luego no se trata del único corrupto en México, y tal vez ni siquiera del más grave que hemos vivido. Quisiéramos pensar que sea el último (¡oajalá!), pero aferrarse a semejante fantasía parece algo ingenuo.

El pasado nos ha dado ejemplos iguales o superiores en magnitud y grosería, e incluso el presente no está exento de personajes que compiten seriamente, pero por alguna razón, el Duarte de Veracruz (no olvidemos que hay otro en Chihuahua que también tiene lo suyo), es el villano preferido d ela temporada.

Hoy día es prófugo de la justicia, cuando hace apenas dos o tres semanas solicitaba licencia a su cargo de gobernador, según él, “para enfrentar las calumniosas acusaciones de corrupción que le lanzaban sus enemigos políticos”.

Hoy mismo se publican en un diario que se edita en la Ciudad de México, fotografías de un lujoso rancho propiedad del político priísta con lujosas caballerizas, inmerso en un bello bosque, con instalaciones de primera.

La semana pasada otro diario editado en la Ciudad de México, publicaba también un amplio trabajo de investigación periodística que incluía los nombres de empresas fantasmas presuntamente creadas por el sospechoso mandatario veracruzano y su camarilla, para desviar recursos y para “blanquear” recursos que, todos suponemos, venían del erario y terminaron en las manos del ahora prófugo.

Aparecían los nombres de personas vinculadas con él, tanto de su familia, como amigos y se explicaban los nexos que había entre ellos y cómo éstos operaban para ayudar a los propósitos extralegales del mandatario.

Se trataba de una radiografía impresionante y muy precisa de cómo, cuándo, dónde, quién y cuánto.

Cualquier fiscal tendría en dichos documentos, todos los elementos para armar un caso irrefutable y llevar a este individuo a prisión.

Lo que llama la atención es que, por supuesto, todo esto no ocurrió de la noche a la mañana. El gobernador ahora prófugo de la justicia, tuvo casi seis años para utilizar su poder, su red de amigos, conocidos, cómplices, familiares o como se les quiera llamar, para tejer esta amplia red.

También tuvo a su disposición todo un aparato de gobierno y tuvo cantidades cada vez mayores de dinero, que comenzaron a traducirse en propiedades a diestra y siniestra.

¡Cómo nadie se dio cuenta antes!

De que los periodistas se hayan dado cuenta, no lo dudo, pero con un índice tan brutal de asesinatos de periodistas en el estado, es lógico comprender que los colegas prefirieran mantener sus cabezas sobre sus hombres, que llevarse una nota de ocho columnas.

Pero de las autoridades no debería esperarse un temor análogo.

Lo que hoy sabemos ha sido producto básicamente de la investigación periodística y no tiene desperdicio. Pero no ha sido el trabajo de las autoridades que deberían estarse dando a la tarea de investigar cómo hizo este hombre para amasar una fortuna escandalosamente alta, a partir de unos índices de corrupción igualmente escandalosos y de una actuación francamente grotesca.

¿Qué hicieron durante estos seis años las autoridades, como para no darse cuenta de lo evidente? ¿O acaso la pregunta correcta es: qué no hicieron?

La respuesta obvia a botepronto es que las autoridades no hicieron lo que debían: investigar. Si uno le pregunta a cualquier funcionario, la respuesta previsible es que no investigaron porque no había denuncias y no se puede iniciar una investigación si no hay una denuncia.

Tal vez en lo estrictamente jurídico eso sea cierto, pero cuando las cosas son así de obvias, así de sucias y así de viles, nadie con un átomo de integridad se puede quedar de brazos cruzados.

Lo peor es que como Duarte, hay otros; al menos uno de apellido Padrés y otro de apellido Borge, por no contar con una pléyade de similares que ya no están en los círculos políticos actuales, pero que en su momento actuaron igual o peor.

En ese sentido, queda bien claro que se debe de poner en marcha un mecanismo nuevo, diferente y con el acuerdo de todos, para de una vez extirparnos del sistema el gran tumor que nos está matando: la corrupción.

Deja un comentario

Archivado bajo Periodismo, Política

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s