La decisión correcta

Desde que somos muy niños, los seres humanos aprendemos –y no necesariamente por la vía sencilla– que la vida tiene partes difíciles y otras aún más difíciles. Que las cosas buenas de la vida son pocas y generalmente esquivas, difíciles de encontrar y cuesta mucho obtenerlas o mantenerlas, sean materiales o no.

Aprendemos también que no se puede tener todo. No hay manera.

Así pues, siempre, desde la más tierna infancia, nos vemos obligados a tomar decisiones, aunque al principio no entendamos del todo el proceso ni las implicaciones de decidir entre una u otra opción.

Conforme crecemos –algunos dicen, maduramos– las opciones tienden a complicarse. Las alternativas que se nos presentan comienzan a ser más y más complejas y el proceso para analizar ventajas y desventajas de cada una, es más racional y profundo…al menos eso sería lo deseable.

Algunas de estas decisiones nos salen bien y nos favorecen. Como resultado, al cabo del tiempo decimos para nuestros adentros: “¡Qué bueno que tomé esta alternativa, en lugar de la otra que se presentaba en aquel momento!” y nos sentimos satisfechos de ello.

Pero en honor a la verdad, ésas son las menos.

Es mucho más frecuente que tomemos la decisión equivocada, la cual nos llevará, necesariamente, a dificultades de diversa índole y alguna forma de sufrimiento, sea cual fuere.

Es en esos momentos en que uno se recrimina a sí mismo: “¡Demonios! ¿Por qué decidí A en lugar de B, como debí haberlo hecho?”

Claro que esas reflexiones no son sino paliativos del sufrimiento inherente a una decisión equivocada, pues en realidad, jamás podremos saber si la opción que no tomamos en su momento, hubiera sido realmente mejor. Imposible averiguarlo, por más que las evidencias digan otra cosa. Como no estamos en la situación derivada de la opción que NO tomamos, no hay forma de saber si efectivamente, ésa opción hubiese sido mejor que la tomada.

Pero con independencia de ello, sí hay veces que las evidencias son apabullantes y nos hacen ver con prístina claridad, que en efecto, cometimos un error y por lo tanto, el otro camino hubiese sido el bueno.

Más allá del arrepentimiento y de la posibilidad que cada quien tenga de perdonarse a sí mismo sus errores –y de paso perdonar a las personas involucradas en ellos que le hubieran hecho daño– un análisis objetivo de las decisiones más importantes puede dar luz sobre las decisiones tomadas y, en su caso, sus repercusiones.

La historia de vida de cada uno se escribe día con día, desde las decisiones más pequeñas (comprar o no un café en la esquina antes del trabajo; viajar en transporte público o usar el auto particular; vestir tal ropa en lugar de otra), hasta las trascendentes, por ejemplo, la actividad profesional que uno elija, la pareja, los hijos, éste u otro empleo.

Pero al cabo del tiempo, cada uno, en nuestro diálogo interno, en ese momento de absoluta intimidad y completa soledad al disponernos a dormir, SABEMOS con absoluta certeza que tal o cual decisión fue buena o mala. Admitirlos o en público es lo de menos. En realidad, el único y más severo juez de nosotros mismos somos, precisamente, nosotros mismos.

Ahí nos damos cuenta de los errores y entonces algo debemos haber con eso.

Y una gran fantasía consiste en no tomar jamás la decisión equivocada o, para decirlo en términos positivos, tomar siempre la decisión correcta. ¿Qué pasaría con un ser humano que fuera capaz de eso?

Creo que ese ser humano no puede existir, porque el error es intrínseco a la humanidad.

 

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