Una compleja hora

La historia de la humanidad está llena de ejemplos de regímenes que apretaron a su población a tal grado, que ésta un día amaneció cansada y obligó a las autoridades de cambiar las cosas.

Eso, en términos generales, se llama revolución y por lo general es armada, violenta, sangrienta y tiene unos costos altísimos para los países, si bien a veces puede ser el inicio de una época mejor.

A veces, las revoluciones surgen de una planeación meticulosa, detallada, cuidada y muy precisa, con mucha gente dispuesta a todo. Este tipo de movimientos surgen de la más aparente calma, porque son preparados por gente que sabe guardar los secretos hasta el momento preciso.

Pero otras ocasiones, los movimientos de esta naturaleza simplemente surgen del hartazgo de todos y de un estado de ánimo general de intolerancia, a donde sólo hace falta que llegue una chispa para que todo se encienda. Este tipo de movimientos suelen ser los más violentos y tienden a fracasar, cuando la persona (o grupo de personas), que arrojó sobre esa gran masa la chispa primigenia, no tiene una idea clara de hacia dónde marchar.

En medio de ambos extremos hay una gama increíblemente amplia de circunstancias, idiosincrasias y condiciones específicas, que dan a cada movimiento su propio carácter y su aspecto concreto.

Sin embargo, el común denominador es una clase oligárquica (a veces plutocrática, a veces no), cerrada y que se coloca por encima del resto de los ciudadanos, aplastándolos con el pretexto que sea y con la fuerza total del Estado. Muchas veces, las fuerzas armadas forman parte de estos grupos, como en las dictaduras militares que sufrieron varios países de América Latina durante la segunda mitad del siglo XX.

Como sea, cualquier gobernante debe saber que, si aprieta demasiado, si cierra en exceso el círculo de los elegidos, si crispan él mismo y sus predilectos los ánimos generales y si la aplastante mayoría del pueblo no encuentra salida, tarde o temprano las cosas estallarán, se les saldrán de las manos y no tendrán manera de recuperar el poder. En esos momentos, hay dos posibilidades: la “negociación” para salir con cierta dignidad o el uso de la fuerza, a ver quién puede más. Normalmente, puede más el pueblo harto, aunque el déspota tenga a las fuerzas armadas de su lado.

Cuando las masas verdaderas, no de gente conducida para un fin concreto y entrenada para desestabilizar, sino la verdadera gente de carne y hueso de la calle, sale a exigir justicia, hay veces que las cosas ya no se pueden parar y entonces inician las negociaciones, por duro que sea el gobierno.

Insisto: cada cual tendrá su idiosincrasia y sus condiciones concretas, pero en general así ocurren las cosas. Cuando ese gobierno otrora todopoderoso se enfrenta a la realidad de una población que ya no lo quiere más, entonces la negociación tiende a favorecer a la gente, hasta que el régimen termina de manera violenta o no.

Así pasó en México en 1910 con la renuncia del dictador Porfirio Díaz; así pasó en la Alemania Oriental cuando cayó el Muro de Berlín en 1989 y así pasó en Checoslovaquia  con la caída del régimen socialista, en la llamada “Revolución de Terciopelo”.

Parece que el camino es necesariamente ése y ninguno otro, porque oponer la fuerza sólo significa sangre, pero no continuidad. Oponer la fuerza sólo implica combate, muerte, miseria y destrucción, pero nunca la victoria para quien desee mantener su gobierno a toda costa. Más en un mundo que se ha vuelto hipersensible democráticamente hablando y que está comunicado sin límites y en tiempo real.

Me pregunto si este tipo de pensamientos ronden la cabeza de Nicolás Maduro, ahora que la tolerancia de los venezolanos parece haber llegado a su límite máximo.

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Archivado bajo Economía, Periodismo, Política, Sociedad

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