Oscuridad

Desde niño me corroe una curiosidad: ¿cómo era el mundo en el siglo XVI’?, o para expresarlo mejor: ¿cómo se sentía vivir en el mundo del siglo XVI?

Por supuesto cualquiera dirá con razón que para eso hay cientos o quizá miles de libros, decenas de museos, infinidad de crónicas y multitud de películas que recrean con bastante fidelidad lo que pasaba entonces.

Eso es cierto, pero no es lo mismo asistir a una recreación, que haber estado ahí. Por eso me pregunto qué se sentía vivir en el siglo XVI.

En principio no había luz eléctrica, ni agua potable entubada, ni drenaje, ni estufas de gas o eléctricas. En una casa común y corriente lo más probable es que no hubiera ningún tipo de horno y desde luego, era impensable reloj, como no fuera de sol –y eso con muchas dificultades y deficiencias– así que la vida comenzaba antes de que saliera el sol y terminaba cuando éste se ponía.

De tecnología –que muchos dan por hecho hoy en día– mejor ni hablar: definitivamente no existía.

Pero el tema lleva a ideas más profundas: la vida cotidiana significaba enfrentar a diario batallas que hoy ya no conocemos, porque fueron vencidas siglos ha. Por ejemplo, la salud. Hoy en día sabemos o por lo menos tenemos alguna vaga información, en el sentido de que un médico nos puede recetar algún medicamento que compremos en cualquier farmacia, para resolvernos un problema de salud.

A diferencia de la vida diaria en el siglo XVI, hoy no regimos nuestras acciones con base en el calendario de la iglesia católica (hablo de Latinoamérica, básicamente), ni establecemos fechas o referenciamos eventos importantes a partir de fechas litúrgicas relacionadas con determinada fiesta patronal, por más que en muchas poblaciones rurales, por lo menos en México, la fiesta patronal sigue teniendo una importancia capital para sus habitantes.

En la época de la que hablamos, la gente común, en su abrumadora mayoría, no sabía leer ni escribir: aquél era privilegio de las clases acomodadas y aún entre ellos en un pequeño sector entre los que se encontraban gobernantes, comerciantes y la clase sacerdotal en diferentes niveles y sólo hombres, porque a las mujeres no se les consideraba capaces.

Pero la gente común vivía como podía, sin la magia de la lectura y la escritura. Debe haber sido una vida bien complicada, porque entonces, como hoy, la gente debía tener algo en qué ocuparse y que le significara el sustento diario. En aquella época ya circulaba dinero y había que contarlo a la hora de recibirlo y de gastarlo.

También entonces, como hoy, la gente debía trasladarse de un lugar a otro de manera cotidiana y a veces a otros sitios más lejanos, cosa que por lo general se realizaba a pie o, en el mejor de los casos, mediante un caballo.

Cierto que el mundo de entonces era mucho más relajado y sencillo que el actual. No hay forma de compararlos, son como dos planetas diferentes. El ritmo de vida era otro, las actividades muy distintas, las distancias mucho más difíciles de recorrer y, por lo general, era inútil intentar viajes largos. De alguna manera, la gente se acomodaba a sobrevivir como podía en el lugar donde nació.

Pero se trataba de un mundo oscuro, lleno de ignorancia, superstición, habladurías, atraso tecnológico y devoción acaso insana respecto a la religión católica que, aquejada en Europa por la Reforma, en América Latina se aferró en la Contrarreforma más recalcitrante.

La enorme mayoría de la población, como ya dijimos iletrada, no sabía más allá de lo que pasaba en el mercado, en la iglesia del vecindario o a unas cuadras a la redonda de su casa, porque definitivamente no existían medios para que ellos lo supieran y acaso tampoco necesidad.

Pero de todas formas debían seguir viviendo en este mundo y seguro que, igual que en tiempos actuales, había gente inteligente, inquieta, que quería tener mejor calidad de vida y trataba en sus limitaciones de salir del yugo que significaban sus patrones, el cura de la iglesia del barrio y el profundo terror a lo desconocido, que era mucho.

Por eso me pregunto si hoy en día, las personas que no saben leer ni escribir enfrentan una sensación análoga.

Claro está que el siglo XVI y el XXI son absolutamente incomparables. Insisto: no pienso comparar la realidad de una época contra la de la otra, porque sería como comparar una carretilla jalada por bueyes, contra un auto fórmula 1…¡sencillamente no hay manera!

Pero hoy en día, cuando el mundo se ha complicado tanto, ignorar lo que dicen los letreros en la calle puede generar una sensación aún más violenta de desamparo respecto a la que había en aquel remoto siglo. Porque la gente hoy en día está expuesta a una enorme cantidad de información, pero también está expuesta a no entenderla correctamente, tergiversarla y crear sus propias supersticiones, tal como las tenían sus pares de aquel ayer.

No sé si sea más oscura la oscuridad que vivían los iletrados del pasado, que la oscuridad de los iletrados del presente. Porque a diferencia de los de antaño, los actuales pueden ver la televisión o escuchar el radio y enterarse así de lo que pasa en su comunidad, en su país y en el mundo, sin necesidad de aprender a leer o escribir. Pero falta por saber qué harán estas personas con esa información.

Debe ser muy difícil vivir en un mundo como el actual, sin tener estas herramientas  para el entendimiento humano: la lectura y la escritura.

Deja un comentario

Archivado bajo Educación, Literatura, Política, Sociedad, Turismo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s