Aldea global

Hacia la segunda mitad del siglo pasado, el teórico canadiense, Marshall McLuchan acuñó su teoría de la “aldea global”. De acuerdo con su punto de vista visionario, las formas modernas de comunicación, aunadas al creciente desarrollo de las tecnologías de la comunicación, terminarían por producir un mundo donde todos estuviéramos interconectados en tiempo real, en cualquier punto del planeta.

Todos podríamos saber en nuestro lugar de residencia (sin importar si se trata de una gran ciudad o un apartado pueblo), lo que pasa en cualquier otro punto del globo, gracias a que la comunicación lo permitiría y existirían medios tecnológicos para ello.

Hoy, a 50 años de haber creado dichos conceptos, la realidad avala lo que decía este hombre. En efecto, cualquiera con una computadora o incluso un teléfono “inteligente” en sus manos, puede saber lo que pasa en cualquier otro punto del mundo, en tiempo real. El hecho de que alguien en cualquier país me haga el honor de leer esta entrega hoy mismo, lo demuestra.

Y si bien este portentoso avance en la tecnología y las comunicaciones puede equipararse con estar en una aldea donde todo está a la mano, también es un hecho que muchos problemas derivados de la estructura económica y social del mundo, también se pueden comparar fácilmente, sin importar los detalles sociológicos o la distancia geográfica.

Recientemente vi una película llamada “Mediterráneo” que cuenta la historia de dos migrantes originarios de Burkina Faso, quienes pagan una gran cantidad de dinero (conseguida con préstamos de la familia y grandes sacrificios), a traficantes de personas de Argelia, quienes los embarcan en la costa norte de África, con la esperanza de que lleguen a Italia, donde finalmente se instalan en condiciones lamentables, para trabajar en lo que puedan y ganarse unos euros que enviar a sus familias.

En el camino, por supuesto, son asaltados por los propios traficantes de personas. Cuando finalmente llegan a la costa norte de África, esta gente los embarca, efectivamente, pero deja en manos de los propios migrantes la responsabilidad de tripular el barcucho, sin que ninguno de ellos tenga experiencia en la materia.

Por supuesto que la travesía termina en desastre, cuando la minúscula embarcación –sobrecargada e inadecuada para el viaje– zozobra en el camino y algunos migrantes mueren ahogados, mientras otro, asidos como pudieron a una boya, sobreviven un par de días hasta que son “rescatados” (llevados a tierra en calidad de presos) por la Marina Italiana.

De alguna forma, los personajes centrales de la película consiguen su libertad y son “alojados” por algún conocido en una miserable ubicación en unas bodegas abandonadas a un lado de las vías del tren, donde se hacinan decenas de migrantes irregulares, quienes, igual que ellos, llegaron hace tiempo y encuentran trabajos mal pagados, sin ninguna seguridad.

Como pueden se acomodan en una finca donde cosechan naranjas. Uno de ellos consigue el “favor” del dueño de la finca, quien lo toma para varios trabajos complementarios, mientras el otro sufre el maltrato y las humillaciones propias de su condición de persona considerada como “inferior”. El primero gana algunos euros que manda a su país, sin que las condiciones miserables de su vida diaria cambien; el segundo, sufre violencia física por parte de quienes no quieren ver migrantes en su territorio.

Una mafiosito italiano de 10 años, que fuma, bebe, humilla, maltrata y amenaza a todos a su alrededor, y quien trafica con toda clase de bienes robados, aparece también como expresión de las formas más viles de la corrupción que rodea a estos ambientes.

Lo grave de esta historia es que forma parte de la aldea global en la que el mundo se ha convertido, donde unas personas, sin ver posibilidades en su país, migran hacia otras naciones más prósperas, con la esperanza de ganar algún dinero para su familia, corriendo riesgos enormes y sometidos a maltrato, vejaciones y miseria, en trabajos sin ninguna seguridad y al capricho de sociedades que no los quieren ver ahí.

La historia contada por “Mediterráneo” podría contarse también en Estados Unidos con migrantes mexicanos o centroamericanos. Podría contarse en Alemania con migrantes turcos o de Asia Central. Podría contarse en Nueva Zelandia con migrantes chinos o bien podría contarse en cualquier otro país de Europa con migrantes sirios o de cualquier nación africana.

El punto es que la migración sin documentos de países pobres hacia países ricos es igual en cualquier parte del mundo y la gente que se lanza a esa aventura sufre idénticas torturas sin importar de dónde a dónde transite.

Porque en este mundo global, en esta “aldea global” de McLuchan, las mercancías y los capitales transitan libremente, pero la gente no. Y la restricción para transitar y trabajar de forma legal, está estrictamente establecida y cuidada por los ricos, quienes no quieren ver pobres en sus tierras, pero muchos miran para otro lado, mientras los necesitados “hacen el trabajo que ni los negros quieren hacer”, como dijo en su momento el expresidente de México Vicente Fox, con absoluta  ausencia de tacto político, pero con absoluta verdad, sobre los migrantes irregulares mexicanos en Estados Unidos.

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Archivado bajo Economía, Migración, Política, Sociedad

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