By the book

Hace todavía no muchos años, se solía tener en los medios de comunicación impresos, un Manual de Estilo, que indicaba en términos generales cómo se presentaba la información, no sólo en términos de forma, sino también de fondo.

Es decir, se establecía cómo debían citarse, por ejemplo, nombres y cargos de las personas a las que se aludía en las notas informativas; en qué formato se tenía que presentar un editorial o un artículo de opinión; se establecían las excepciones sobre la presentación de la publicidad…en fin. Se trataba de dar certeza a los lectores, pero sobre todo a los periodistas y otras personas involucradas en el trabajo editorial.

Tal documento tenía su origen tradicional en los grandes medios de comunicación estadounidense y, por generalización se le llamaba “The Book”, es decir, “El Libro”.

De manera que, cuando cualquiera tuviera una duda sobre cómo presentar una información, la respuesta era siempre obvia y la misma “By The Book”, es decir, conforme lo señalara el Manual de Estilo, el cual –al menos en teoría– debía prever prácticamente cualquier escenario.

Así pues, se puede decir que el tercer debate presidencial entre Hillary Clinton y el desequilibrado Donald Trump se desarrollo “By The Book”.

En efecto, tal como era de esperarse, Hillary demostró una vez más su tremenda superioridad sobre el maníaco el peluquín amarillo y le propinó tremenda tunda política, la cual explica los números obtenidos por CNN en su encuesta post-debate, que le dio el 52 por ciento a ella, contra el 34 por ciento para él.

Pero lo verdaderamente grave del debate, fue la sorpresiva actitud del loco republicano respecto a los resultados electorales. La pregunta concreta fue: “¿está usted dispuesto a aceptar los resultados electorales si no le favorecen?” a lo cual el sujeto contestó que dependía de los resultados y que estaba por verse.

Un analista de la televisión mexicana –bastante competente, por cierto– señaló en uno de los programas de análisis posteriores al encuentro, que si un candidato en México hubiese contestado de esa manera, para nadie sería una sorpresa. Por el contrario, formaría parte de la “normalidad democrática” o al menos de un cierto tipo de retórica que no nos es ajena, si se quiere decir de una manera políticamente más correcta.

En cambio, en Estados Unidos, una ambigüedad como ésa es verdaderamente alarmante. Es el momento preciso para que los detractores de Trump, tanto demócratas como republicanos, señalen que “¡Trump es un peligro para Estados Unidos!”

Se trata de un auténtico sacrilegio, en términos de cómo ven la política nuestros vecinos del norte y no sólo el elector de carne y hueso que camina por las calles de cualquier ciudad, sino los políticos locales y federales de todos los niveles que tienen un voto de calidad, llamado “voto electoral” y el cual, en última instancia, es el que define de verdad las elecciones en aquél país.

Verdaderamente, cualquier estadounidense ha dado, da y dará por hecho que TODOS los candidatos (insisto TODOS los candidatos), tienen como regla general, más aún, como credo de vida, aceptar los resultados electorales, les favorezcan o no.

Eso viene en “The Book”, que guía el actuar y la conciencia de todo estadounidense desde que nace hasta que muere. Es parte de su ADN…Por algo se creen los campeones de la democracia.

Por eso, escuchar a este energúmeno poner en tela de juicio los resultados de una elección que no ha ocurrido, es verdaderamente alarmante para sus paisanos.

Probablemente, en lo que queda de su equipo de campaña, se habrán alarmado aún más cuando escucharon esta barbaridad y por eso hoy, en Ohio, lo obligaron a referirse al asunto, como tratando de componer de una manera “medianamente decorosa” el terrible error.

En su intervención de hoy, explicó que los candidatos tienen derecho a presentar los recursos legales que crean conducentes, cuando persista duda sobre los resultados y ejemplificó con lo ocurrido en Florida durante la elección que disputaron George Bush y Al Gore.

Si no se tratara de este individuo y no lo conociéramos y si no hubiera dicho lo que dijo, este último argumento podría ser válido. Pero sí es quien es; sí lo conocemos y sí dijo lo que dijo.

Ahora falta que la campaña de Clinton no se “duerma” en las próximas tres semanas.

 

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Archivado bajo Periodismo, Política

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