Antes del debate

Esta noche tendrá lugar el tercero y último de los debates entre los candidatos presidenciales de Estados Unidos, Hillary Clinton y Donald Trump.
Deliberadamente esta entrega se produce antes, porque se trata de una consideración para ese momento: en la preparación y en las horas previas.

De acuerdo con lo que hemos visto en los dos debates anteriores, es de suponerse que, una vez más, la experiencia y capacidad de Clinton, se va a imponer sobre la delirante demencia del payaso del peluquín amarillo.

No es difícil imaginar que este personaje, que encarna lo peor de Estados Unidos, se ponga igual o peor de grosero y patán que en el debate anterior, lo cual, lamentablemente, disminuye el nivel de la discusión, pero deja ver con claridad quién es quién entre los dos aspirantes a la Casa Blanca.

Trump llega al debate desacreditado y rebasado en las encuestas, bajo la sombra de sus comentarios misóginos, que no se ha podido quitar de encima y con una campaña francamente a la baja.
Clinton, por su parte, llega como favorita en este encuentro y como favorita en las preferencias de los electores de Estados Unidos, así como entre la clase política que también tiene un voto diferenciado (y con más peso) que el de los estadounidenses de carne y hueso que andan por la calle tratándose de ganar la vida.

A menos que Trump presente una estrategia nueva, más inteligente y ponderada, que lleve bajo la manga alguna información comprometedora de su contrincante que consiga cambiar la historia, lo lógico es suponer que Clinton ganará y con ello aumentará la ventaja –aún escasa—que ya tiene en las encuestas y por lo tanto con la posibilidad de ganar la elección.

Es difícil que Trump encuentre esa información y más difícil aún, que se mantenga ecuánime y juicioso como para plantearla de una manera eficaz y con ello consiga sacar de balance a su rival demócrata.

Más fácil resulta imaginar al energúmeno gritar, interrumpir, ser grosero y hasta bajo al presentar sus “argumentos”, porque eso es él.

Ahora bien, como en la famosa fábula clásica de “La liebre y la tortuga”, este es el momento en que la campaña de Hillary Clinton debe evitar la autocomplacencia y, por el contrario, aplicarse a fondo, no vaya siendo que la tortuga le gane la carrera por confiada.

Tampoco hay que perder de vista que este es el momento para convencer a los indecisos o bien a grandes sectores que están apáticos y no se sienten representados por ninguno de los dos candidatos, como son los jóvenes.

Los cánones de la estrategia política de cualquier campaña, señalarían que, en este momento, en su posición, Hillary debería utilizar este último debate para imponer sin margen de duda su capacidad y experiencia política por encima del desquiciado republicano –quien ha sido abandonado por muchos de sus correligionarios.

También se supone que debería tener la templanza, fuerza, experiencia y ecuanimidad, para no caer en las provocaciones del loco y convencer, de una vez, a sus compatriotas (especialmente a los políticos) de que ella es la mejor opción.

Sin embargo, no podemos saber lo que pasará en unas horas más. Habrá que esperar y luego analizar lo ocurrido.

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Archivado bajo Migración, Periodismo

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