Panacea plasticosa

Algún escritor sudamericano comentó en un documental, que cuando él era niño, en su pueblo no existía el Servicio de Limpia municipal.

En aquel ambiente rural de entonces, eso no suponía demasiado problema. De los restos de comida se encargaban los cerdos, chivos, perros y gallinas de los que cada familia contaba, por lo menos, con un ejemplar de cada especie.

Las compras de comestibles se hacían prácticamente a diario en el mercado (al que se llegaba caminando) y como todo se vendía a granel, tan sólo hacía falta una canasta de mimbre o bien una bolsa de tela, para transportar los productos hasta la casa, donde eran transformados de inmediato en platillos, cuyas sobras, como ya dijimos, terminaban en las panzas de aves y mamíferos domésticos.

La comida industrializada prácticamente no existía. Acaso algunas botellas o frascos de vidrio que por lo general se reciclaban (el ejemplo de las botellas de leche llegó hasta nuestros días) y una que otra lata, porque en general, la gente tenía desconfianza de los productos enlatados.

Las pocas latas que llegaban a desocuparse, es usaban como maceta o bien como cuenco para el agua. En su defecto, se enterraban en el solar para enriquecer la tierra de la hortaliza o huerto familiar.

La ropa se remendaba mil veces, se transformaba en nuevas prendas merced al increíble arte de las mujeres al coser (mi abuela era de ésas),  o se donaba a la caridad católica, siempre apremiada por ingentes necesidades. La ropa de niño la usaban todos los retoños de la familia y, cuando ya no había más, también se donaba.

Ropa que definitivamente terminaba hecha girones, por el puro uso, se convertía en trapos para los más diversos quehaceres domésticos.

Los zapatos visitaban continuamente al zapatero remendón y, en última instancia, cuando definitivamente ya no había remedio, se los quedaba este artesano, para usarlos como insumo de ulteriores reparaciones.

Los libros y útiles escolares terminaban en la biblioteca escolar o municipal, luego de ser usados por toda la cadena de hijos.

Los muebles viejos y desvencijados, podían convertirse en última instancia, en materia prima para varios trabajos o bien como leña para la estufa, Los enseres domésticos que llegaban a descomponerse, pienso por ejemplo en un radio o una plancha, no se tiraban, sino que se usaban con otros propósitos. Es decir, los desperdicios prácticamente no existían.

Aunque la dinámica en las ciudades era distinta, ante la ausencia de animales domésticos, hubo una época en que las cosas funcionaron más o menos igual a lo descrito. Es decir, cada casa producía una cantidad limitada de desperdicios, que por lo general eran orgánicos y –con todo y su dosis de insalubridad pública– terminaban por reabsorberse en la naturaleza de manera más o menos similar como ocurrió durante los últimos 10 mil años de humanidad.

Pero a mediados del siglo XX, la industrialización se disparó y entonces, todo cambió.

Se creó el concepto de los supermercados (distinto a mercado tradicional) y se inventó la perniciosa bolsa de plástico que hoy se usa para todo y que ha generado monumentales cantidades de contaminantes, dada la imposibilidad de la naturaleza para absorberlas. Además, los alimentos y todos los productos imaginables, hoy se encuentran envueltos en empaques plasticosos, que no se desgradan en la naturaleza y, por el contrario, causan seria contaminación de aguas, subsuelos y áreas naturales.

Aunque en muchos países, incluyendo México, se han aprobado legislaciones para exigir que las bolsas que se usan en los supermercados sean biodegradables, resulta imposible calcular cuántas bolsas se han producido y desperdiciado en los últimos 50 años y que seguirán ahí por los próximos 500, contaminando.

Otros países exigen que los empaques sean de papel y en algunos  se recurre a la presión social, haciendo que las personas “vean feo” a quienes piden bolsas para llevar sus mercancías. También hay los que ponen un alto precio a las bolsas de plástico, o bien aplican impuestos dolorosos, para desalentar el uso de estos implementos.

Son algunas fórmulas existentes.

Pero también es cierto que la industrialización y la creciente globalización, generan también costos ambientales excesivos. Por ejemplo, pensemos en la huella de carbono que significa traer productos vegetales de Nueva Zelandia, o bien salmón fresco de Chile o de Noruega y como éso hay miles de productos en todo el mundo, que generan contaminación, sin lugar a dudas.

No hablemos, por supuesto, de las enormes distancias que hoy recorremos en las ciudades y pueblos para abastecernos de productos de primera necesidad. Hoy, un porcentaje altísimo de las personas, requieren transportes motorizados para comprar lo básico, en lugar de ir caminando al mercado como antes.

Además, hoy prácticamente cualquier producto tiene un empaque plástico o –peor aún– de unicel. Y como consumidores no podemos hacer mucho al respecto.

La tiranía del plástico, que en una época se consideró más limpio y práctico, nos está ahogando.

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Archivado bajo Economía, Migración, Política, Sociedad

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