¿Sorpresivo? premio

Una nota periodística que se publica hoy, pretende poner en entredicho la decisión del Comité del Premio Nobel, de otorgarle el galardón de la paz al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos.

La tesis que se maneja en esta información es que no es correcto entregar el Premio Nobel de la Paz al mandatario colombiano, porque el plebiscito que se realizó en Colombia después de la firma del acuerdo entre el gobierno y las FARC, dijo “No” al documento.

Habría que ser colombiano o por lo menos conocer bien la realidad de aquel país hermano, para hacer una afirmación u otra.

Confieso mi entera ignorancia al respecto y por eso, espero que si llego a equivocarme se me trate con comprensión y se me informe correctamente. Pero hasta donde yo he leído, el plebiscito no es jurídicamente vinculante, además de que convocó a apenas un poco más del 30 por ciento de los probables votantes. Es decir, se trata de la opinión minoritaria de la sociedad, aunque no hay que desdeñarla, desde luego.

Pero en todo caso, el acuerdo recientemente firmado entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), tiene valor jurídico, además de respaldo político, sencillamente porque fue firmado entre las dos partes en conflicto, con mediación internacional y el respaldo moral de la ONU.

Alguna vez un colombiano me dijo que la realidad que percibe el mundo sobre Colombia, es distinta a la que viven los colombianos en SU Colombia de todos los días. Que la supuesta disminución de la violencia no es real, sino que se debe a que ha disminuido la información periodística que se publica sobre ella, lo cual es diferente.

Ignoro si eso es real o no. Y no se trata aquí de analizarlo.

Pero lo que sí es cierto, es que el hecho de firmar la paz después de 50 años de un estado de guerra, que costó miles de muertes e incalculable sufrimiento a las familias colombianas, es en sí mismo un mérito, que bien merece reconocimiento.

Con independencia del plebiscito, el trabajo para llegar al acuerdo existió. Y cualquiera que haya presenciado las negociaciones de un acuerdo de semejante envergadura, estará de acuerdo en que exige inteligencia, serenidad, praxis y muchas concesiones para ambas partes.

Sencillamente las negociaciones que llevaron al acuerdo de paz, deben haber costado mucho en términos de voluntad, flexibilidad y ganas de llegar a algo concreto. En una mesa de esa naturaleza, lo más fácil era fracasar; en cambio, las partes tuvieron la valentía de ceder cuando debían hacerlo y defender en el momento justo.

El valor de esa negociación bien vale el Premio Nobel de la Paz y no sé si el plebiscito pueda considerarse equivalente.

Quienes critican al Comité del Premio Nobel por la decisión tomada a favor del presidente Santos por el acuerdo de paz, pensando en que el plebiscito posterior dijo “No”, tal vez nunca han estado en una mesa de negociación y no saben lo que pesa para alguien ahí, tomar una decisión cuando sabe el tamaño de la historia que está detrás de los terribles hechos de guerra que se vivieron desde los años 60 en Colombia.

Esa mesa debe haber sido increíblemente difícil, por el esfuerzo para mantenerse sereno y racional, en torno a un tema que llevó a la muerte a miles. Unos y otros consideran a sus propios muertos como víctimas, unos y otros se creen con la razón. Pero unos y otros están exhaustos y decidieron que llegó la hora para resolver las cosas de otra manera.

Ese esfuerzo supremo, detrás del cual hay miles de historias de vida malogradas, tiene su valor y es necesario reconocerlo.

En mi opinión estrictamente personal –acaso con el riesgo de errar— el Premio Nobel de la Paz sí es un reconocimiento digno para tal esfuerzo. Si acaso, tal vez se podría decir que el premio debió entregarse no sólo al presidente Santos, sino también, a las FARC, porque fue un esfuerzo conjunto donde, como dije antes, ambos pusieron y ambos tuvieron que renunciar, o mejor dicho, sobreponerse a sus propias convicciones, para conceder ahí donde debían y sostenerse, donde hiciera falta.

Como sea, no puede dejar de festejarse que Colombia haya sido capaz de sobrepasar las armas para entrar en diálogo y en competencia electoral. Siempre un acuerdo de paz, por frágil o deficiente que sea, es mejor que la guerra, en cualquiera de sus formas.

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Archivado bajo Migración, Periodismo, Política, Sociedad, Todo

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