Llover sobre mojado

Se dice que llueve sobre mojado, cuando una persona o grupo de personas enfrenta una situación difícil y todavía le cae encima una situación inesperada que incrementa sus desgracias.

A veces, parece que un geniecillo del mal está detrás de todo ello, porque parece más una maldición, que obra de la casualidad.

Tal es el caso que enfrenta hoy en día la hermana República de Haití. Se trata, de por sí, de uno de los países más pobres del mundo, donde las carencias son la norma y llevan consigo terribles dificultades.

La situación desesperante de la nación insular caribeña, no se limita sólo a la carencia de alimentos, sino se extiende a otras pobrezas que ahondan la grave situación de la enorme mayoría de su población.

Porque si de falta de alimentos se tratara, sería tan simple como enviar comida. Punto.

Pero nada en la vida es tan sencillo. En Haití se carece de todo: de alimentos, de infraestructura, de medicinas, de educación, de desarrollo en todos sus niveles, sentidos y expresiones, de acceso a satisfactores básicos, de vivienda, de agua potable, de drenaje, de seguridad humana y de seguridad pública.

Esa es la razón de que la pobreza se haya extendido con tan violenta expresión por todo el territorio y la razón por la cual la depredación del medio ambiente parece no tener fin. Es la razón, también, por la que los haitianos cruzan sin documentos la porosa frontera con su vecina República Dominicana, en un desesperado intento por sobrevivir, que los lleva a las calles de las ciudades del país vecino a mendigar de la forma más abyecta.

Hace muchas décadas que el desarrollo es un anhelo de los haitianos, quienes padecen, en su aplastante mayoría, las peores condiciones de vida, incluso en niveles inferiores a los de las naciones menos desarrolladas de África.

Un minúsculo grupo en el poder lo tiene todo, mientras que las grandes masas carecen de todo, hasta el punto de la indignidad.

Cierto que después de 2010, cuando el devastador terremoto azotó al país, la ayuda internacional se volcó hacia allá. Incluso no se limitó sólo a superar la emergencia, sino que se prolongó por mucho tiempo e incluso en la misión multilateral de apoyo, México trabajó por largo tiempo en la creación de capacidades estructurales e institucionales, bajo el principio de que sólo llevar alimentos o medicinas, aunque urgente, no era suficiente: había que ayudar a la población a crear su propio desarrollo.

Incluso, varias decenas de estudiantes haitianos vinieron becados a México a estudiar ingenierías y otras disciplinas, para que ayudaran a la reconstrucción y a la construcción de un nuevo Haití, ya con las capacidades profesionales necesarias para ir hacia adelante.

Otros países también ayudaron, pero el entusiasmo duró poco, los recursos se fueron espaciando, muchas veces hasta desaparecer y varios proyectos quedaron a medias. Además, frente a tantas carencias, producto de décadas de dictaduras y desigualdad brutal, así como saqueo y perpetuación del círculo de la pobreza, se hubieran requerido tantos recursos como nadie tiene.

Esa era la ya de por sí desesperante situación de Haití, cuando ahora viene el huracán Mattheew y azota con su fuerza descomunal la desprotegida isla.

Y no es que los haitianos no estén profesionalmente preparados para una situación de esa naturaleza. Es que simplemente carecen de capacidades institucionales, de infraestructura, de organización y de recursos materiales para hacerlo.

Sencillamente no hay cómo enfrentar un meteoro de esa magnitud y potencia. No hay manera de sacar a la población de los lugares de riesgo; no hay a dónde llevarla para estar segura; no hay cómo asegurar la infraestructura pública; no existen medios para movilizar a la gente y sacarla de zonas de riesgo y el huracán era demasiado grande en relación con el tamaño del territorio.

Además, ante la pobreza, la gente ha arrasado con prácticamente toda la vegetación en todo el territorio…como para empeorar las cosas.

De la capacidad de las viviendas para resistir un huracán, ni hablar.

Así que por obvias razones, el número de muertos se ha elevado de una manera escandalosa. Sencillamente, en Haití no había nada más qué hacer, sino esperar a que el huracán tocara tierra y –para los creyentes– rezar por conservar la vida. Muchos ruegos no fueron escuchados, por desgracia.

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Archivado bajo Economía, Educación, Migración, Política, Sociedad

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