Brutal diferencia

Todos los gobiernos del mundo dicen tener –al menos lo dicen– el interés de generar las mejores condiciones posibles para que su población mejore sus niveles de vida.

Al menos en el ámbito declarativo (la realidad puede ser muy otra), los gobiernos de prácticamente todos los países señalan su deseo explícito de que toda su población goce de las mejores condiciones materiales posibles y, así, confirmar el liderazgo nacional en el mundo, a través de una población feliz, porque cuenta con los satisfactores necesario para una buena vida.

La teoría de la democracia moderna, señala que este tipo de sistema de gobierno, tiene como objetivo central un desarrollo armónico de la sociedad y el mayor nivel posible de justicia social, es decir, que toda la población viva razonablemente bien, sin que ello niegue la posibilidad de que algunos tengan más dinero que otros.

Sin embargo, la idea central es la que ya adelantaba el generalísimo José María Morelos  y Pavón desde los primeros años del siglo XIX: moderar la indigencia y la opulencia. Es decir, que ni los ricos lo sean en exceso, ni los pobres lo sufran de más.

Pero insisto, esa puede ser la teoría.

La realidad, por el contrario, puede ser muy distinta y eso hace sufrir a las sociedades lo indecible.

En principio, la desigualdad social y económica implica que dos niños iguales, nacidos en condiciones distintas o en regiones diferentes de un mismo país, no son capaces de competir por las mismas oportunidades, porque su desarrollo es distinto, por razones totalmente ajenas a sí mismos o incluso sin tomar en cuenta sus habilidades individuales.

Y eso ocurre en todo el mundo, países en que más, países en que menos.

Pero veamos algunas cifras. De acuerdo con las mediciones internacionales, el país más desigual de Europa –y con mucho– es Turquía, donde se nota una diferencia entre los pobres y los ricos.

Lo alarmante se observa a la comparación. Con los mismos estándares internacionales para hacer la medición, se observa que Turquía es mucho más igualitario que Uruguay. Pero resulta que Uruguay es el país de América Latina con menor desigualdad. Es decir, nuestra sufrida región es una de las más desiguales del mundo y eso explica por qué, en México, vive el hombre más rico del mundo (o uno de los más ricos), y al mismo tiempo, es el hogar de más de 50 millones de personas que subsisten por debajo de la línea de la pobreza.

Al respecto, el titular del INEGI, (organismo público dedicado en México al censo de población  y a las mediciones económicas y sociales) Alfonso Santaella, dio hoy unas cifras alarmantes.

Según dijo durante una mesa sobre desigualdad económica dentro de la Semana Nacional de Transparencia, los recursos económicos que acumula el 10 por ciento de las personas más acaudaladas en México, serían suficientes para resolver todo el problema de pobreza en el país. ¡Todo completo!

En una palabra, si los pobres lo son en extremo, es porque los ricos lo son en extremo y eso se debe a una estructura social y económica que así ha sido desde tiempos inmemoriales, aunque presenta “picos” de vez en cuando, al ritmo de distintos gobiernos que lo alientan o no.

Así, por ejemplo, al inicio del porfiriato, en los estertores del siglo XIX, la quinta parte del territorio nacional estaba en manos de 20 individuos. Es decir, un puñado de sujetos extraordinariamente ricos, eran dueños de 400 mil kilómetros cuadrados del territorio nacional.

Pero tres décadas más tarde, al llegar a su ocaso el porfiriato, un puñado de 300 familias tenía en su poder prácticamente toda la riqueza nacional, mientras millones de mexicanos carentes de todo morían de hambre.

Esto significa que la desigualdad no ha sido superada, porque las estructuras económicas y sociales no han sufrido la transformación radical que se requieren.

Además, la desigualdad crece mientras no se haga nada para evitarla, haciendo que los pobres se vuelvan dramáticamente más pobres cada vez y que los ricos se vuelvan escandalosamente más ricos cada vez.

Frente a este panorama, parece que ya llegó la hora de emprender política públicas que ataquen de fondo este pernicioso problema, lastre del desarrollo del país.

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Archivado bajo Economía, Educación, Migración, Periodismo, Política, Sociedad

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