Dos años después

Iguala de la Independencia es una población relativamente pequeña, polvorienta, donde el calor parece deformar los objetos, un calor abrasador que no da tregua ni en la madrugada. Ahí se ha respirado históricamente tensión. Bastan unos minutos de caminar por sus calles, para darse cuenta de la grave disparidad social y del enojo de muchos.

En la mirada de las personas se nota la chispa capaz de despertar la violencia en cualquier momento. El clima no es lo único caliente ahí: también la sangre del pueblo, cansado por siglos de la injusticia.

Ahí, precisamente, en Iguala de la Independencia, Guerrero, fue cuando hace dos años se desató el infierno. La violencia sin límite, la brutalidad sin límite, la bajeza sin límite de la atrocidad, hizo presa de unos jóvenes, en un hecho que llevará décadas sanar.

En un abrir y cerrar de ojos, en una sola noche, se cometieron numerosos crímenes: asesinatos, tiroteos, secuestros, desapariciones forzadas con la colaboración directa del alcalde (hoy preso) y de las policías municipales tanto de Iguala como del vecino municipio de Cocula, complicidades, delincuencia organizada y una atrocidad brutal propia de países en guerra civil.

Esa noche, aparte de varios homicidios, incluyendo el de un jovencito integrante de un equipo de futbol de tercera división, un total de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, fueron secuestrados por policías y luego desaparecidos. Hasta la fecha, se desconoce su paradero.

Lejos está la verdad auténtica, la verdad que convence, de aparecer.

Desde muy pronto quedó claro que la famosa “verdad histórica” del entonces procurador, Jesús Murillo Karam, quedó superada, por improbable y por poco sustentada.

“¡Ya me cansé!”, dijo por entonces el procurador un día que enfrentó una larga y difícil conferencia de prensa, como si los padres de esos jóvenes, que hoy tienen ya 24 meses preguntándose qué pasó con sus hijos, no estuvieran mil veces más cansados que él, con la angustia minuto tras minuto de saber qué pasó realmente en aquélla representación de los círculos infernales de Dante.

Quedó claro que la supuesta gran pira que habrían armado los policías para incinerar clandestinamente a los muchachos en el basurero de Cocula, nunca se llevó a cabo, entre otras cosa, porque esa noche estuvo lloviendo y porque la cantidad de materiales inflamables que se hubieran necesitado para prender una hoguera de ese tamaño, jamás estuvieron a disposición de los delincuentes. Y por si fuera poco, un fuego de esa magnitud, hubiera acabado con el basurero en su conjunto y no sólo con una pequeña porción, como nos trataron de hacer creer.

Hoy en día, existen peritajes y documentos voluminosísimos realizados tanto por las autoridades como por expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, así como de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

En muchos de ellos se plantean dudas de fondo, como la escasa averiguación sobre el famoso quinto autobús; como la falta de cuidado en las múltiples escenas del crimen; como la debilidad de la teoría de la incineración irregular; como la insostenible versión de los restos en el Río; como la ausencia de investigación sobre las llamadas de los teléfonos celulares de los muchachos, por sólo citar algunos.

Pero la investigación continúa y seguimos sin saber, en verdad qué pasó en esa noche de infierno, cuando todo el mal imaginable se desató y cayó sobre unos jóvenes que, si bien pudieron haber cometido el delito de robo de autobuses, en todo caso debieron haber sido conducidos al Ministerio Público para iniciar los procesos correspondientes, en lugar de haber sido desaparecidos por la propia policía.

Dos años más tarde, nos seguimos preguntando qué pasó y dónde están los muchachos, pero sobre todo, nos seguimos preguntando por qué las autoridades no se dieron cuenta de cuán grave era la situación y hasta qué punto la delincuencia organizada (sea del grupo que fuere), se había apoderado de la población, como para permitir hechos tan, pero tan graves.

Nos preguntamos todavía si un día iremos a recuperar la confianza en las autoridades, cuando cada día que pasa sin que aparezcan los muchachos o se sepa qué pasó realmente, es en realidad un día de confianza perdida respecto a las propias autoridades.

Seguimos ofendidos, tristes, iracundos, desconcertados, desesperanzados y tensos. Seguimos mirando sobre nuestros hombros a cada momento. Seguimos anhelando que este tipo de hechos violentísimos no vuelvan a ocurrir. Seguimos esperando confianza y certeza, seguridad jurídica, material y personal, así como ciudadana. Nos deben mucho, a dos años de la tragedia de Iguala.

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