Pánico o ligereza

La noche del jueves 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México estaba sumergida en un profundo caos.

Vivía la que podría calificarse como la jornada más difícil de su larga historia. Apenas comparables con esa desesperación, podría pensarse en la noche en que los españoles lograron la ventaja final contra los aztecas, o bien aquellas terribles jornadas de la Decena Trágica, cuando parte de la ciudad estaba prácticamente en sitio; o quizá las noches aciagas de 1847, cuando la ocupación estadounidense, por no olvidar, por supuesto, la noche dolorosísima del 2 de octubre de 1968.

Sin embargo, la noche del jueves 19 de septiembre de 1985 fue aterradora por la magnitud de la tragedia.

Quién no recuerda escombros por todas partes, polvo por doquier, fugas de agua, lo mismo que una sed apremiante; el olor aterrador del gas, que nadie sabía de qué tubo roto provenía, pero obligaba a correr despavoridos; los sonidos lejanos y cercanos de las sirenas de ambulancia; los gritos desesperados de quienes intentaban remover toneladas de escombros con las manos, para tratar de sacar viva a una persona a la que se escuchaba gritar pidiendo auxilio.

Aquella terrible noche en que muchas zonas se quedaron a oscuras, porque había colapsado la infraestructura eléctrica, donde el Metro permanecía cerrado ante la magnitud de la emergencia y donde atravesar una calle podía convertirse en una empresa de dimensiones épicas, porque se habían caído todos los edificios de la cuadra.

La desesperanza y el silencio repentino que se creaba en aquellas calles lóbregas, habitadas por fantasmas vivos…los propios vecinos que no atinaban qué hacer al verse frente a lo que quedó de su hogar.

Policías y socorristas desesperados y rebasados por las circunstancias, en un trepidante ir y venir de personas que habían estado ahí desde la mañana, quitando piedras, metal y vidrios de enormes montañas, testimonio de lo que antes habían sido edificios.

Al mismo tiempo, mucha gente que estaba ahí, silenciosa, quieta, nada más mirando, atónita ante el espectáculo u otros que caminaban maquinalmente y sin rumbo.

Parecía que habían bombardeado la ciudad.

Pero no era así.

Simplemente, por la mañana, a las 7:19, un brutal terremoto había sacudido la ciudad y había provocado la caída de innumerables edificios de todos tamaños y formas, y había sepultado bajo los escombros a miles de personas, unas aún vivas y otras ya muertas.

Era algo sórdido, impresionante y difícil de creer. A veces los cuerpos recién sacados de entre las piedras y varillas, se quedaban simplemente ahí, porque no había quién viniera a llevárselos, porque nadie sabía exactamente qué hacer.

Fueron jornadas horrendas en donde poco a poco se veía crecer el número de muertos, aunque también la solidaridad de la gente, alguna desinteresada y otra camuflada, pues no faltaron quienes, con el pretexto de ayudar, llegaron a muchos rumbos sólo a ver qué se podían robar.

Del teléfono ni hablar. Sencillamente era imposible. Así que la gente usaba la radio para tratar de informarse si sus familiares aún vivían, aunque estuvieran en la colonia de junto.

Espantoso.

Quienes vivieron esos momentos, no pueden menos que experimentar un escalofrío cada vez que suena la alerta sísimica y quisieran correr, gritar y empujar (todo lo contrario a lo que marcan las normas), para ganar la calle cuanto antes y no encontrarse en la terrible situación de ser sepultados vivos por toneladas de escombros.

Pero hoy existe también una amplia generación de jovencitos o niños que no vivieron esos momentos. Y para ellos, hablar del terremoto se ha convertido en algo ajeno, como cuando los viejos hablaban de las batallas de guerras que no vivimos.

Así pues, al conmemorarse hoy 31 años del terremoto de 1985, el Macrosimulacro organizado por las autoridades de Protección Civil, sí funcionó en muchos casos para averiguar la capacidad de respuesta en cada sitio específico frente a una emergencia, aunque también demostró otras cosas.

Primero, que quienes vivieron el terror del 85, son los primeros en ser víctimas del pánico, mientras que quienes no lo vivieron, lo toman a chiste y con una ligereza inapropiada para el respeto que nos merecen los miles de muertos.

A los unos, es necesario hacerles ver que las emergencias pueden llegar en cualquier momento y pese a los negros recuerdos de esa época, es necesario mantener la cabeza fría frente a una emergencia.

A los otros, hay que enseñarles el respeto que merecen los muertos, los sobrevivientes y aún quienes vimos escenas terribles, aunque afortunadamente no hayamos sufrido pérdidas ni de familiares o amigos, ni materiales.

Porque los chavos de hoy van jugando, platicando y riendo en el desalojo, cuando de realizar bien el ejercicio podría depender esta misma tarde su vida.

En esas circunstancias, urge el punto medio entre el pánico y la ligereza.

Como fuere, un recuerdo de respeto para quienes fallecieron en el terremoto; un abrazo fraterno a quienes sobrevivieron; un reconocimiento vivo a quienes salvaron vidas y una condena implacable a quienes se aprovecharon de las circunstancias a la mala.

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Archivado bajo Economía, Migración, Periodismo, Política, Sociedad

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