Ejercer ciudadanía

En una de esas interminables filas del banco (siempre me he preguntado por qué es tan malo el servicio en esas instituciones), un vecino se quejaba con otro, de manera amarga y más que justificada, de los recientes resultados de cierta elección vecinal.

El individuo se llamaba a sorpresa, porque de alguna manera inverosímil las elecciones vecinales las ganaron los vendedores ambulantes, por encima de los auténticos vecinos. Es decir, los vendedores informales que no pagan impuestos, no viven ahí y sí constituyen uno de los más importantes problemas de la colonia, porque además de vender mercancía malhabida, estorban el paso, dejan basura y propician inseguridad, ahora representarán a los vecinos que eternamente se quejan de ellos.

La conclusión rápida, secada de lo más profundo de su amarilla bilis, era que el triunfo de los ambulantes se debía a que sus vecinos carecen de dignidad y se dejaron convencer “con 50 pesos”.

Como no conozco los detalles, ni sé la veracidad del dicho, me declaro incompetente para juzgar la conclusión. Pero sí puedo hacer una generalización a partir de esta anécdota, porque tengo experiencia sobre lo que pasa en mi sufrido país, fenómeno que se replica en otros de similares características y que he visto personalmente.

Así, me queda claro que la falta de ejercicio de ciudadanía por parte de cada uno de los habitantes de la ciudad y del país –o al menos en la aplastante mayoría de los casos– explica por qué pueden pasar cosas tan increíbles como ésta.

La deficiencia en el ejercicio de la ciudadanía, no es sino el entendimiento retorcido entre los derechos y las obligaciones. Vivimos en una sociedad donde se insiste mucho en el ejercicio de los primeros, pero nada se dice de la obligación sobre las segundas.

Es decir, se trata de una sociedad profundamente desequilibrada, cuya expresión se da en fenómenos como el brevemente descrito por el sufrido vecino y sufrido cliente bancario.

En los países con alto desarrollo, el comercio informal no existe.

Pero no es por casualidad. Es porque los ciudadanos aprenden desde pequeños a respetar la ley. La ley, además, es muy clara: para ejercer el comercio, se requiere cumplir primero una serie de reglas, incluyendo tener un establecimiento formal (no un puesto de estructura tubular en la calle); pagar impuestos, ser capaz de extender facturas a los clientes, ofrecer garantía y, sobre todo, no colocar diariamente su mercancía en mitad de la banqueta, estorbando el paso de los viandantes.

Desde niños, en la escuela, los habitantes de los países desarrollados comprenden el valor de cuidar la legalidad en su conjunto. Aprenden, con entera precisión y certeza, que las reglas están ahí para garantizar una convivencia sana y no son capricho de nadie.

Saben, también desde muy temprana edad, que quien viola las normas está sujeto a recibir una sanción y cuanta mayor sea la falta, mayor será el castigo, en una progresión muy sencilla de entender.

Se sabe perfectamente que la corrupción es una actitud denigrante tanto para quien la ofrece, como para quien la acepta y por lo tanto, se separan de esa clase de conductas. Se trata de algo socialmente rechazado, muy mal visto, sinónimo de vileza y ruindad sin parangón.

Pero también, esas personas aprenden desde muy temprano que la palabra derechos (y todo lo que ellos implican), lleva atada indisolublemente en su reverso, como si fuera una moneda, la palabra obligaciones (con todo lo que ellas implican).

Es decir, si bien todos tenemos derechos, incluso derechos que nos corresponden por el solo hecho de ser personas, también todos tenemos obligaciones y la principal, como ciudadano de cualquier parte, es respetar las reglas y conocerlas. Incluso, si uno es turista o migrante en cualquier país, es indispensable respetar las reglas del país a donde se llega, aunque sus costumbres nada tengan que ver con las propias.

Esa simple idea, constituye el centro del ejercicio real de la ciudadanía. No se puede decir que alguien ejerce su ciudadanía, si no cumple con sus más elementales obligaciones y tampoco es capaz de exigir sus más elementales derechos con la justicia debida.

En el ejemplo con que abrí esta entrega, queda muy claro que si los vecinos fueran auténticos ciudadanos, en principio no habrían permitido que apareciera un solo vendedor informal en las banquetas de su barrio. Desde que llegó el primero, deberían haberse organizado e, indignados ante la flagrante ilegalidad, deberían haber recurrido a la policía para evitar que se instalara así fuera un solo vendedor.

Pero eso no pasó.

Ya que estaban ahí y ante el hecho innegable de que la policía puede y está coludida con estos sujetos, el siguiente paso era impedir a toda costa que las autoridades hubiesen tolerado que los vendedores informales (abiertamente delincuentes), hubiesen tenido siquiera la oportunidad de participar en esa competencia vecinal, sencillamente porque son gente que está fuera de la ley –motivo ya suficiente de suyo– pero además porque no son vecinos del lugar.

Pero si la corrupción avanzó tanto que este sin sentido llegó a ocurrir, el ejercicio de ciudadanía debería haber sido suficiente para que los vecinos salieran en tropel a votar por sus vecinos, para que no quedara duda sobre su intención de que las decisiones vecinales las tomen quienes viven ahí y no quienes medran con el deterioro del vecindario.

Desde luego, tampoco debería haber vendedores informales, porque cualquier ciudadano más o menos informado, comprende claramente que el comercio fuera de la ley daña la economía en su conjunto y, en última instancia, lastima el tejido social y, a la postre, acaba con el progreso. Es decir, en la mente de ninguna persona sana debería caber la posibilidad de comprar cosas en la calle.

Esto es ejercicio de ciudadanía.

Así pues, discrepo con el análisis del sufrido vecino. No creo que la gente no tenga dignidad. Creo por el contrario que carece absolutamente de ciudadanía, esa conciencia que la formación cívica desde pequeños nos crea para entender que las reglas deben cumplirse y que así como hay derechos que se deben exigir con todo rigor, también hay obligaciones que se deben cumplir con la misma intensidad.

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Archivado bajo Economía, Educación, Periodismo, Política, Sociedad

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