15 años y un olvido

Hace 15 años, el 11 de septiembre de 2001, desayunamos con una noticia que cambiaría sin duda el curso de la historia: Estados Unidos había sufrido un ataque (en realidad tres ataques), dentro de su propio territorio.

Un avión comercial se había estrellado deliberadamente contra una de las Torres Gemelas en Nueva York, unos rascacielos enormes que albergaban el Centro Mundial de Comercio o World Trade Center, para decirlo en inglés. Minutos más tarde, mientras la torre estaba en llamas en un escalofriante incendio, otro avión comercial se estrellaba contra la otra torre, lo cual vimos todos en vivo, gracias a las transmisiones de prácticamente todas las cadenas estadounidenses, cuyos equipos ya habían llegado al lugar.

Paralelamente, supimos que un avión comercial más se había estrellado contra el Pentágono, sede “invulnerable” del Departamento de la Defensa de Estados Unidos y un cuarto avión, se había estrellado en un campo en Pensylvania.

En cuestión de unos cuantos minutos, la segunda de las Torres Gemelas se vino abajo completa sobre sí misma, como si hubiese sido tocada por los explosivos de una domolición controlada y poco después, la otra corrió la misma suerte, con resultado de miles de muertos, la mayoría de cuyos cuerpos jamás fueron encontrados.

A partir de ahí, Estados Unidos declaró la guerra a Al-Qaeda, un grupo extremista islámico comandado por Osama Bin Laden, irónicamente un individuo que había servido años antes a la propia causa estadounidense como mercenario durante la guerra de Chechenia.

Como complemento y de rebote, todo el mundo musulmán, especialmente los árabes, fueron culpados y tratados con discriminación, al considerárseles culpables de terrorismo, por el solo hecho de ser árabes musulmanes.

Desde ese día, viajar en avión se volvió un suplicio gracias a la paranoia de los estadounidenses que, amantes de sus libertades, no tuvieron empacho en dejarse humillar por sus propias autoridades, al grado de obligarlos a descalzarse cada vez que pasan un arco de seguridad en un aeropuerto.

Tal como era de esperarse, los propios estadounidenses convirtieron su legítimo dolor e indignación en un espectáculo, que opacó todo lo demás.

Así se construyó el olvido sobre un hecho no menos grave, pero de otra naturaleza: el golpe de estado que le costó la vida al presidente de Chile, Salvador Allende y que sumió a ese país en una dictadura feroz que costó miles de vidas e impuso un régimen de terror y sangre.

Hasta antes del 2001, las efemérides marcaban el recuerdo de aquel día macabro, 11 de septiembre, cuando un despreciable sujeto de nombre Augusto Pinochet (¡vaya ironía de nombre!), dirigió al Ejército contra el palacio de gobierno  y con tanques y aviones atacó al presidente que poco tiempo antes, había conseguido la mayoría en las urnas.

Salvador Allende y su gente se defendieron como pudieron. El propio presidente tomó una pistola y trató con ella de defenderse de los tanques y los aviones…¡fracasó!

Aquel 11 de septiembre, el presidente Allende terminó muerto.

Y después de eso el gorila que encabezó el golpe de Estado y sus huestes de fieras y animales, impusieron un régimen sangriento que se prolongó varios años, con un costo social altísimo, por los miles de muertos y desaparecidos y la persecución feroz de toda aquel que no estuviera dispuesto a lamerle las botas a estos subhumanos armados.

Tengo que reconocer mi ignorancia sobre la política chilena. Desconozco completamente si Allende, en el tiempo que ejerció la presidencia, fue bueno o malo como presidente, desde el punto de vista de los intereses y la vida cotidiana de los chilenos.

Pero sea como fuere, Pinochet y los delincuentes que lo acompañaron no tenían ningún derecho a derrocarlo, porque había ganado legítimamente las elecciones. Además, su régimen de terror causó mucha más muerte y desolación de lo que pudo habérsele reprochado jamás a Allende.

¡Esa sí fue una tragedia!

Y desde el 11 de septiembre de 2001, aparentemente ya nadie la recuerda.

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Archivado bajo Periodismo, Política

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