Una piedra en el camino

El gran maestro de la música vernácula mexicana, José Alfredo Jiménez, en una de sus piezas más emblemáticas (“El Rey”), escribió una de esas verdades absolutas que trascienden generaciones: “Una piedra en el camino/me enseñó que mi destino/era rodar y rodar/rodar y rodar” (repite el coro).

Porque tal como ruedan las piedras por el camino (y si no que se lo pregunten al gran Bob Dylan), la vida de los seres humanos está sujeta, también, a esos vaivenes.

Terminar rodando es el destino final de muchos, especialmente en la política, actividad ésta particularmente veleidosa y resbaladiza, donde es fácil rodar cuesta abajo, aunque a veces resulte increíblemente trabajoso subir a la cumbre.

Esas caídas, esas rodadas hacia el vacío, a veces son fulminantes y terminan definitivamente con cualquier aspiración futura de los políticos, inclusive, cuando llegaron a tener un poder que se creía infinito, casi emanado de la divinidad y, por tanto, del todo incuestionable.

Por lo general, tanta mayor arrogancia muestra un político, cuanta mayor es la humillación de su rodada.

Tal es la realidad que hoy vive un personaje de la política mexicana, quien llegó a creerse que podría ser el candidato natural de su partido para ocupar la candidatura a la Presidencia de la República en el 2018 y, eventualmente, ganar el proceso electoral para ocupar el cargo durante seis años, a partir de esa fecha.

Se trata de Luis Videgaray Caso, “Gurú” del actual presidente de la República, Enrique Peña Nieto y quien lo acompañó en su meteórica carrera política desde que fuera diputado local en el Estado de México.

Es un hombre que, sabiendo sin duda de números –nadie niega que le entiende a las finanzas públicas—quiso meterse a los pantanosos terrenos de la política pura, aprovechando su excesiva influencia sobre el presidente, y le falló.

Hoy sabemos que el refinado ministro, cuya actitud aristocrática le valió los sobrenombres de “El Virrey Garay”, “El Archiduque de Metepec” u otras variantes con títulos nobiliarios (en México la ley prohíbe usar este tipo de nombres), terminó de manera abrupta y violenta su carrera política. Rodó desde la cumbre más alta, hasta los más bajos fondos del pantano político.

Fue él quien ideó la inconcebible jugada de que el presidente de México invitara al desequilibrado neonazi de peluquín amarillo, Dondald Trump, a venir a México.

Este impositivo e inflexible personaje, con quien literalmente no se podía hablar de tanta arrogancia, tuvo la “maravillosa” idea que terminó de hundir la popularidad presidencial.

No nos termina de quedar claro para qué se supone que quería México invitar al gorila ése a nuestro país, pero en todo caso, lo que ahora sabemos es que fue Videgaray quien tuvo la idea, supuestamente pensando en ganar algo, cuando todo estaba por perderse.

De tal manera que al presidente, su amigo personal, no le quedó otro remedio que pedirle su renuncia, porque el más antiguo y elemental principio de la política señala que el mandamás nunca se equivoca. Y cuando pasa algo grave, que cuesta popularidad en serio y la ciudadanía lo mira como un error, tiene que rodar una cabeza.

Obviamente, no debe—ni puede—rodar la cabeza del presidente, por mucho que todos lo hayamos visto compartiendo la Residencia Oficial de Los Pinos con el animal que quiere poner una barda entre México y Estados Unidos y aún pretende que México la pague.

Había que buscar culpables y, dado que el rumor señalaba que la decisión se había tomado tras una álgida discusión en la que participaron el hoy depuesto ministro de Hacienda, la Canciller, Claudia Ruiz Massieu y el propio presidente, este último decidió que rodara la cabeza de quien un día fue nombrado El Ministro de Finanzas del Año.

Con ello se acaba cualquier esperanza política para Videgaray. Tal es la repercusión negativa de la visita de Trump por él ideada, que quizá México se tarde años en recuperarse o (peor aún), tal vez nunca se recupere en realidad.

Así de vergonzante es su salida del gabinete y, de paso, de la vida política nacional.

Ahora, entra al quite un personaje que ha sabido mantenerse en la política de una manera hábil, callada, serena: José Antonio Meade kuribreña.

Aunque heredado de tiempos panistas, Meade ha sabido ser institucional y aprender de las materias que le ponen enfrente, aunque no sean de su interés o de su incumbencia. Para este político, su elemento son las finanzas públicas, pero fue útil en este gobierno con canciller (donde realizó un papel digno, considerando que no sabía del tema) y luego como secretario de Desarrollo Social, cuando hubo necesidad de hacer ajustes al gabinete.

Aunque este político que ya había sido ministro de Hacienda en el sexenio anterior fue movido “de sacrificio” a la Sedesol, hoy encuentra la recompensa a su disciplina, al haberse plegado a la decisión del presidente y vuelve a Hacienda de donde probablemente él mismo piense que nunca debió haber salido.
Sea pues, que en los meses próximos del sexenio, Meade pueda desempeñarse correctamente en Hacienda, mientras vemos rodar hasta la ignominia al Virrey Garay.

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