Ni tanto que no lo alumbre

Para enfatizar la importancia de mantener el equilibrio en cualquier circunstancia de la vida (en especial en las acciones que uno emprende), la sabiduría popular mexicana tiene un dicho esclarecedor: “Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”.

La idea se relaciona con los altares de las iglesias católicas, donde por costumbre, la gente con devoción particular a un santo o a una virgen, enciende una veladora en espera de un milagro o ayuda divina determinada. La advertencia es no colocar un fuego tan alto que amenace la integridad de la imagen, ni tan minúsculo que no se alcance a notar.

Muy sencillo.

Así, resulta conveniente que en la vida, no se cometan excesos en ninguno de los dos sentidos: ni en el de las demasías, ni en el de las escaseces.

Hoy recuerdo esta idea, luego de ver el paupérrimo espectáculo al que ha degenerado el Informe de Gobierno del presidente de la República.

Por mandato constitucional, cada año, el 1 de septiembre, al inicio del primer periodo ordinario de sesiones del respectivo año legislativo del Congreso de la Unión, el presidente de la República está obligado a presentar un informe a la Nación, sobre el estado que guarda la administración pública a su cargo.

La idea del Constituyente de 1917 era simple  y clara: establecer un mecanismo de rendición de cuentas para que el Ejecutivo rindiera cuentas ante el Legislativo (representación directa del pueblo), para saber el estado que guarda la Nación.

Sin embargo, la realidad política mexicana se impuso poco a poco y durante casi todo el siglo XX. un poder absoluto, centrado en la figura presidencial, se consolidó hasta la abyección, al convertir al Legislativo en una simple comparsa, en un verdadero “Patiño” del espectáculo.

De esta manera, el Informe Presidencial llegó a convertirse en un espectáculo faraónico, que incluía gastos exorbitantes, presencia de presidentes de otros países invitados, aplauso público en grande, recorrido en auto descubierto por las calles entre vítores “espontáneos” de la población. De hecho el día era oficialmente inhábil, había Ley Seca en todo el país, el Informe se transmitía por cadena nacional de radio y televisión y podía durar horas y horas, con el presidente leyendo cuartillas y cuartillas de interminables, incomprensibles y del todo inútiles cifras, que sólo se interrumpían por los numerosos aplausos de diputados y senadores, quienes cumplían al pie de la letra su papel de comparsas.

El Informe era un espectáculo en el que todo periodista quería y debía estar. Quien no aparecía por la Cámara de Diputados ese día, era porque había perdido su trabajo o ya no estaba entre nosotros…los vivos.

Era una fiesta de un solo hombre, destinada o mejor dicho, convertida en la oportunidad de encumbrar al poderoso y hacer alarde de su inmenso poder y popularidad, en un país donde la oposición no existía.

El exceso. Según el dicho, “quemaba al santo”.

Hoy, sin embargo, se vivió el exceso contrario.

Cuando la oposición empezó a existir y el hartazgo del partido hegemónico se convirtió en algo ya inmanejable, el Informe comenzó a degenerar cada vez más, hasta que ya no fue más la oportunidad de que el presidente se luciera. Es más, ni siquiera era ya viable, porque se había vuelto grosero y hasta vulgar. Llegó un día el punto en que el entonces presidente Vicente Fox, tuvo que entregar el documento en el vestíbulo de la Cámara, casi a hurtadillas y se tuvo que retirar sin siquiera presentarse ante el Congreso.

A partir de entonces, la ceremonia ha dejado de existir.

Y hoy, el colmo fue que simplemente el secretario de Gobernación (del interior), se presentó en un saloncito menor de la Cámara a entregar el pesado mamotreto del Informe, dio un pequeño discurso a nombre del Gobierno de la República y salió como si tal, mientras los diputados y senadores realizaban su sesión de apertura del año legislativo.

En tanto, el presidente de la República, se reunió con un grupo de personas elegidas “al azar” (casualmente ninguna le cuestionó nada) y les ofreció un discurso, para que luego los invitados preguntaran “libremente” sobre los temas que les interesaban. Lo curioso es que este diálogo ocurrió en una perfecta concordancia con el discurso y objetivos del gobierno federal, mientras en el Congreso de la Unión, donde supuestamente debía tener lugar el acto republicano de informar a la Nación sobre el estado que guarda la administración pública, eso no ocurrió.

E. exceso, según el dicho, no alumbra al santo.

 

 

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Archivado bajo Periodismo, Política

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